En tratamiento prolongado...

sábado 10 de marzo de 2012

Mientras dormías.



Dormías y yo te miraba.
Te idealizaba desconociendo tus temores, tus suertes, tus fracasos. Tan sólo te soñaba despierto mientras vos me ignorabas sin quererlo. Y la gente viviendo, hipnotizada por la rutina, sin vernos, sin entender lo que uno alucina cuando suspira con besos de unos labios desconocidos.
Y vos por ahí, sin saber que hoy en la calle busco parecidos en señoritas dormidas, en ángeles que brillan. Busco dos soles, una señal que estoy vivo, busco una farsante dormida que me transporte sin saberlo a esa princesa que me enamoró durmiendo desde la ventanilla de un colectivo.

viernes 8 de julio de 2011

Oda gastronómica



Pensé por un instante que me había enamorado.
No es que fuera fea, ahora se las describo.
Y créanme que no les miento.
Nunca fui tan tarado como cuando creí lo que les cuento.

Tenía ojos color verde aceituna
Y sus labios de churrasco
Rodeaban con poesía su sonrisa de media luna

Donde terminaba su pollera asomaban dos jamones
(De primera calidad) y unos melones, que no vienen al caso (parecían juguetones).
Mi mente la soñaba, bailando con dos lechugas, moviéndose con furia,
Y con una zanahoria, mirándome con lujuria.
Yo se que suena verso, todo esto que les cuento,
Pero no era amor ni calentura, lo que sentí en ese momento
Es que el hambre parece amor a la hora del almuerzo.

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martes 14 de junio de 2011

Servilletas de papel


Mientras hacía girar con el dedo el cubito de hielo que flotaba en el vaso, dentro de un trance hermético, se me dio por levantar la cabeza y leer las frases escritas en rojo en el espejo del bar. Entre unas cuantas oraciones que no me llamaron la atención se destacaban tres que parecían ser dirigidas a mí en ese día.
¨ Lo esencial es invisible a los ojos ¨, ¨ Ojos que no ven corazón que no siente ¨ y una tercera que no recuerdo, pero que decía algo sobre la belleza interior. Yo había escuchado de rechazos raros, de burlas a gente poco agraciada, y hasta de alguna que otra había sido partícipe, pero que un espejo me trate de feo era mucho. Sin ser un erudito en cuestiones de lógica era evidente el razonamiento que se desprendía de los enunciados.
−Si lo esencial es invisible a los ojos, y estos últimos son los informantes para despertar sentimientos, a menos que alguna señorita me hiciese ahí mismo algún tipo de ecografía o estudio similar, quién se atrevería a invertir tiempo especulando en una potencial belleza interior.− ¡Estaba perdido!
Lejos de romper el reflejo que se burlaba de mi destino, y condenarme así a siete años de mala suerte, le pedí al morocho que me proveía de los elixires más divinamente embotellados, un par de servilletas para empezar a escribir.
Es probable que hubiese sido él el que haya escrito todo lo del espejo pero preferí pasarlo por alto…
Ni bien estiré el papelito, como planchándolo, recordé esa época en que mi invisibilidad llegó a la cumbre. Yo terminaba la secundaria y Paula hacía lo mismo con nuestra relación…
Con los besos, las salidas a escondidas de su mamá y el calor en los umbrales se había llevado mi perfume, mis hormonas sexuales y la luz que me hacía visible. Después de ella mi piel había adoptado un estado casi paranormal. Espectral. No me veía ni Magolla. ¿Quién es Magolla?
Cómo el más hábil de los jugadores de escondidas, podía camuflarme involuntariamente en la nada misma, era un camaleón de los más versátiles. Era un fantasma al que las mujeres chocaban sin percibirlo. Mis artilugios de conquista las atravesaban sin que pudieran notarlo. Llegué a usar remeras prestadas para impregnarme de feromonas ajenas, robé alianzas con el fin de despertar la sed de alguna piba envidiosa y hasta hice el papel de amigo gay, involuntariamente, en más de una ocasión.
Y allí seguían, de todos modos, las mismas preguntas sin responder: − ¿Por qué será que la soledad se retroalimenta? ¿Por qué no repartir de manera más ecuánime? ¿Por qué no percibimos que nos vamos correteando en ronda sin ver el posible amor que viene detrás?
Y cuándo terminaba el último signo de interrogación en un azul lavado por la transpiración del vaso que pisaba el papel, una voz detrás murmuró un tímido − ¿Qué se yo…? Y en el espejo que se había reído de mí, se reflejaba el cuello por donde acababa de transitar la frase. Y de éste, divinamente, colgaba un dije dorado que decía ¨ Paula ¨.
No era la misma Paula que me había robado la magia, pero me sonrió al leer las últimas palabras de la servilleta, y eso me bastó para quitarme la sabana fantasmal que me cubría, e invitarla con un trago. ..

No importa si se fue conmigo, si aceptó la invitación, o si me rechazó. Después de todo, esos instantes con brillos en los ojos, me bastaron para aprender que, mientras haya tinta, se puede soñar con que, entre garabatos y puntos suspensivos, uno está a tiempo de recibir un suspiro en el oído.

Un ídolo negro

viernes 27 de mayo de 2011

Quieres ser John Malkovich?



Quieres ser John Malkovich?¨
es una de las películas más creativas que he visto. Si bien no es tal vez una de esas creaciones donde es casi indiscutida la aceptación general creo que es por demás recomendable.
El argumento es más o menos el siguiente. John Cusack es un titiritero virtuoso en el manejo de las marionetas pero que a pesar de su talento no consigue empleo relacionado a su apasionado pasatiempo. Está casado con una irreconocible Cameron Diaz, que no se parece en nada a la bella actriz de ¨The Mask¨ o de ¨Los Angeles de Charlie¨, pero que encarna correctamente a mi gusto su papel. El protagonista consigue trabajo de administrativo en un extraño edificio donde descubre una puerta secreta que conduce hacia el interior del cerebro del mismisimo Jhon Malkovich.

A pesar de lo extraño del argumento y la alocada trama, esta película de 1999 entretiene, sorprende y crea una atmósfera de suspenso que practicamente se mantiene hasta el final.
Para quien disfrutó ¨Eterno resplandor de una mente sin recuerdos¨, otro delirantemente creativo film (con Jim Carrey y Kate Winslet) esta película tiene casi asegurado el éxito ya que tiene algunos puntos de contacto.
Me gustó mucho. (pero me encanta discutir)

Porque soy un maleducado


Porque soy un maleducado, un atrevido, una persona inquieta, o simplemente porque me gusta la gente que sabe contar cosas y no me da la cara para enarbolar la bandera de la envidia que a veces me despiertan comenzaré a intercalar con los relatos comentarios de películas, libros, etc. Obviamente lo hago por placer y para intercambiar opiniones y cultura con algún desorientado que llegue hasta acá.
Espero no aburrir ni aburrirme.

martes 10 de mayo de 2011

Mala anamnesis



Ella se quejaba de sensaciones desagradables en el centro del pecho, comentaba que una cierta opresión le quitaba las ganas de todo. Ellos le dijeron -es depresión,esa sensación de creerse en el lodo.
Ella enojada agregó dolor a la descripción del malestar y le respondieron con electrocardiogramas y análisis que descartaron cardiopatías agudas.
Enojada fue por otros lados en busca de ayuda y comentó lo de su estómago, esa quemazón que la consumía y la hacía llorar. Es gastritis sin duda, le diagnosticaron sin titubear, y la mandaron a casa con medicación y alguna que otra explicación.
Amaneció y la hallaron abrazada al teléfono, tomándose el pecho, muerta en su cama.
Dijeron que fue repentino, que previamente estaba sana. Nadie habló del cretino que se jactaba de ser un señor y que la llevo a morir por una pena de amor.

domingo 1 de mayo de 2011

Margaritas y nomeolvides



Siglos atrás en un lugar que no se ubicar en el globo terráqueo Jonás y Dalia se amaron a escondidas. Se fundían en los más acalorados abrazos cada vez que la oscuridad de la noche apañaba su amor prohibido. Conocían sus cuerpos desnudos solo a la luz de la luna, hecho que si bien en primera instancia suena por demás romántico, en verdad da idea del trastorno que ocasiona disfrutar de un sudor ajeno más cuando se puede que cuando se quiere y/o requiere.
Un buen día Jonás puso fin a su tormento ético y haciendo mención a las potenciales lágrimas de su mujer propuso suspender las escapadas románticas hasta una próxima vida. Ambos juraron reencarnar en un momento más propicio y recién ahí buscarse para dar rienda suelta a sus más calurosas intensiones.
Historiadores mas avezados afirman que, en realidad, el desencadenante de tal separación fue que ella era más bien fulera y que a él comenzó a importarle el qué dirán.
Lo cierto es que hoy en día han reencarnado como hace tiempo prometieron, se han encontrado (de casualidad) y hasta han desarrollado la estupidez característica de quien se ha enamorado.
Pero hubo un inconveniente como suele suceder en la mayoría de las promesas apresuradas. Nunca contemplaron la anamnesia que ocasiona una reencarnación hecha como corresponde. Actualmente viven en el barrio de Ciudadela ignorando su respectivos pasados y día a día, mientras se besan hasta el empacho, se asombran de encontrar algún que otro deja vu entre sus apolilladas frazadas cuadrillé.

martes 26 de abril de 2011

Incredulos



No me creyeron jamás a pesar de insistir en mis bondades como mago milagrero. Alguna vez me he planteado que el motivo fue el haber nacido en capital federal y en el siglo veinte en lugar de hacerlo en la antigüedad, en Medio Oriente o en Grecia. O lo que es más difícil aun, en los tres lados simultáneamente.
Más de una vez he llorado en soledad cuando al regresar a casa me veía en el espejo recordando que todos negaban que la pelota que se había colgado en la casa de al lado había vuelto gracias a mis fuerzas sobrenaturales. Preferían atribuírselo a la amabilidad de Doña Eulalia, la dueña de la propiedad.
No me creyeron los moretones en la cadera por haberme caído del caballo de bronce de la estatua de la plaza que unas cuantas veces desperté en la madrugada.
Me insultaron más por costumbre que por adjudicarme responsabilidades, cuando dije que yo había hecho demorar el colectivo 54, esa noche que debíamos llegar al baile del colegio y para pasar el rato me cargaban por mi insistencia en las habilidades paranormales. También hubo otros sucesos que si los cito temo aburrir y redundar en miserias juveniles.
Lo curioso fue la vez en que cité a todo el barrio con una serie de pruebas claramente irrefutables.
Alquilé un local, le pegué a modo de broma una cartulina en la vidriera que decía ¨ Panaderia¨ e hice aparecer, un ratito antes que lleguen todos, 54 facturas haciendo coincidir la cantidad de manjares con el número de ómnibus que me causó el mencionado disgusto. Se que no es de creer, pero toda la gente se mantuvo firme en su postura y nadie se retractó. Prefirieron no creer en mi magia y felicitarme diciendo que era meritorio que un muchacho de mi edad pudiese obtener de un bollo de masa el ángulo perfecto que necesita la medialuna para, sin tener que arrancarle la puntita, entrar en la tasa de café con leche.

martes 15 de marzo de 2011

Grillos gritando



Extraño sadomasoquismo aquel que me estimula a seguir luchando
cuando la gente se esmera por golpearnos con los puños de la desilusión.
Estúpidamente interpreto como una obligación, cuando en más de una ocasión, uno ve que nos llenan de indiferencias los bolsillos a la hora de intentar cambiar el mundo volando, a la hora de crear otra oración.
Justo cuando los grillos de las soledad hagan parecer que estamos solos es cuando me encontrarás... cuando te buscaré GRITANDO.

jueves 10 de febrero de 2011

Tu lágrima en mi café



Te pedí una sonrisa, tan solo para no verte llorar, a cambio me diste palpitaciones.
Te ofrecí un café y me regalaste aromas que me animaron a tocar en días desafinados de escasas inspiraciones. Y así nacieron sonidos que me ayudaron a crear mansiones cuando sin muchas convicciones me animé a desnudarte, cantando una melodía hipnótica, en la más austera de las habitaciones.

sábado 29 de enero de 2011

Delitos esperanzadores



Me obligaron a entrar en un bar donde a cambio de grandes botellas de buen vino los bebedores deben escribir poesías, sin importar la calidad de éstas ni las estúpidas vergüenzas literarias. Esa misma noche nació una extraña epidemia; la gente entraba en casas ajenas a robar libros que a su vez serían tomados por otros al día siguiente.
El dinero no tiene valor desde esa vez y a cambio la gente intercambia golosinas, besos y caricias.
Desde ese día una fiebre que a nadie le importa diagnosticar me calcina la piel, me mantiene los ojos brillando.
Desde ese día una sonrisa dibujada en mi espejo cuestiona donde termina el sueño delirante y donde comienza la utopía. Esa utopía tan inverosímil pero tan esperanzadora como la lana eterna que Penelope compró a uno que se creyó impostor en la estación de tren de Floresta.

viernes 21 de enero de 2011

A la distancia



Debajo de la camilla que está junto a la ventana,
Resguardado del paso del tiempo, encontrarán mi cuaderno de bitácoras.


Al llegar al consultorio preparé café, puse la radio y encendí la computadora como todos los días. En uno de los mails el primer paciente dice que no vendrá porque su hijo rinde la última materia de la carrera y quiere estar ahí. Pide disculpas y dice que en la semana llamará para combinar un nuevo turno.
Su excusa me trajo recuerdos. Quién me iba a decir cuando elegí el colegio secundario que terminaría siendo un médico melancólico.
Mi rutina adolescente transcurrió en una escuela industrial. Un lugar que olía a estaño y a fúlbito de hora libre. Ni cerca estaban mis pensamientos de las cuestiones medicinales. Lo más parecido eran las plegarias dermatológicas que se daban en el ritual de untarme cremas de afeitar en las mejillas lampiñas y esperar que algún poro se anime a regalar los primeros indicios de barba. Los alumnos teníamos la habilidad para distinguir entre una mecha de vidia y una de las otras, sabíamos soldar sin gritar al quemarnos, y resolver problemas matemáticos con integrales que no nos integraban en círculos femeninos. Era un hecho trágico el no tener una sola pollera volándose en los recreos. Y quizá esto fue determinante en mi elección de futuro.
− La clave es estudiar medicina, ahí si que está lleno de minas. − Me aseguró Juan entre mates y maquetas.
− ¿Te parece? Para mi es más mito que otra cosa. Tené cuidado que el arbolito está quedando torcido. Tomá te toca cebar a vos.
La noche avanzaba y se oía el chiflido de la pava una y otra vez. En la mesa había una colección de mueblecitos hechos a mano, la yerbera intentando no dormirse y la bronca de un sábado claustrofóbico.
− Mi primo siempre cuenta un montón de anécdotas, dice además que la ropa que usa para ir al hospital es infalible para el levante.
− ¿Viste la facha que tiene Diego? Si fuese mimo daría lo mismo.
− ¿Me vas a decir que no te gustan las doctoras con esos pantaloncitos blancos?
Tal vez esa conversación no es más que un recuerdo y no influyó en la elección. Mi amigo, ahora ingeniero, mantiene que fue clave.
Capaz tuvo que ver más con un impulso narcisista o con algún castigo divino donde los dioses, vengándose de vagancias pasadas, me condenaron a leer eternamente. ¿Quién sabe? Lo cierto es que, de buenas a primeras, y sin fuertes convicciones de por medio, me empezó a importar más aprender a curar, y todo lo que significa, que saber arreglar electrodomésticos.
A veces cuando regreso a casa o si necesito hacer tiempo para pasar a buscar a mi mujer por su trabajo, entro al bar donde me juntaba a estudiar en esa época. No es el más lindo de la cuadra ni tampoco el más barato pero me gusta contemplar las sofisticadas mesas modernas que reemplazaron aquellos muebles clásicos donde planeábamos salvar el mundo entre cervezas y maníes, donde nos aceptábamos consejos sin importar los fundamentos, donde intercambiábamos cuadros sinópticos, donde crecíamos. Hoy los escenarios, las metas y los miedos son otros. ¿O son los mismos que mutaron con nosotros?
Primero llegó el C.B.C. tratando de apoderarse lentamente de mi vida. Fueron dos años complicados, con materias poco relacionadas y hasta por momentos sin sentido. Era una transición hacia la adultez, un puente que marcaba el comienzo de una etapa y aumentaba la expectativa por llegar al imponente edificio de la calle Paraguay.

Para la clase inaugural me quedé dormido por tardar en conciliar el sueño la noche anterior. Me tomé un taxi y subí apurado los tres pisos por escalera con mi guardapolvo flameando, cual superhéroe en su primer día de trabajo. Agitado entré en un salón donde mi entusiasmo se deshizo entre telas blancas y rostros asustados.
En un tiempo menor a lo que demora este renglón en ser leído, se abrió la puerta y tras dibujar un abanico chillón en los baldosones gastados, una doctora malhumorada comenzó a gritar, apellidos de gente desconocida. Luego de oír mi nombre, entré al aula.
Un olor horrible y penetrante me recibió intentando morderme con fuerza la nariz hasta hacerme lagrimear. Era una mezcla entre alcohol y acetona que podía percibirse desde mucho antes de descubrir de donde provenía. Mientras, expectante, me iba acercando a las famosas mesadas de acero inoxidable el olor aumentaba. También la fuerza que yo hacía para no arrugar la cara e impedir que mis ojos llorasen.
Era una mesa rectangular brillante que tenía una suerte de desagote justo en el centro. Me senté en una alta banqueta renga. Junto a mí estaba un ayudante que no ayudaba y once señoritas con uniforme similar al mío. Camuflada entre estas últimas, la vi. Tras unos lentes de princesa intelectual, la mujer más hermosa del mundo ocultaba su timidez, su seriedad, sus complejos y sus verdades.
Pensar que hoy los problemas pasan por otro lado. Me hago malasangre por las cuentas, por si un paciente vino sin avisar, porque el no quejarme me hace sentir mediocre; o como ahora porque este café se enfrió mientras escribía entusiasmado. En aquel tiempo las cosas eran diferentes. Mi preocupación diaria era hija de la información creciente, que necesitaba ser recordada con urgencia, y el cuestionamiento de mis capacidades. Encima para ella, yo era invisible y eso me desesperaba.
Habían pasado tres meses desde mi ingreso a la facultad, doscientos seis huesos y mil kilómetros de tinta, pero aunque seguía siendo ignorado por esa mujer, continuaba fiel a mi balacera de piropos. Un buen día, en el calendario de mi memoria, marqué azarosamente un antes y un después.
Era viernes y habíamos planeado salir a tomar algo juntos todos los compañeros de cursada, con la condición de no utilizar palabras medicinales en toda la noche.
Estaba en casa ya cambiado y listo para irme con media hora de antelación.
La ansiedad que me dio fama de puntual fue una especie de Cupido. Miré el reloj que hacía tiempo en mi muñeca y a un tipo intrigado en el espejo del baño. Fui hasta el comedor, agarré el celular y comencé a escribir un mensaje de texto. La idea era enviarlo y preguntar a María si la princesa tenía novio. Y así fue, aunque a medias. El mensaje sí fue escrito, dijo ¨ ¿Sabés si la petisa tiene novio?¨, e incluso fue recibido, pero con una salvedad. Lo recibió la persona equivocada.
Luego me di cuenta del error. Confirmé mi estupidez y mi cobardía cuando leí en mi teléfono: − ¨ No. No tengo novio, ¿por? ¨− Yo no contesté.
Esa noche de invierno hizo un frío increíble pero mis manos no dejaron de sudar. Volví tarde a casa sin haber aclarado nada.
Debo haber contado esa anécdota unas quinientas veces y siempre dudo si me creen que fue así. Es el día de hoy que me pregunto por qué no dije nada en el bar con lo linda que estaba y lo hice apurado un par de días después justo antes de que ella suba al colectivo.
En un cajón del escritorio tengo una foto donde estamos todos los que nos recibimos juntos. Creo que con los portarretratos pasa algo similar a lo que sucede con las ventanas que enmarcan paisajes atractivos. Están ahí frente a nosotros diariamente y uno no los admira sino hasta que alguien los halaga o nos proponemos hacerlo. De todos modos, aun con mis años (es la segunda vez que menciono el paso del tiempo, puede que también eso sea fruto de la vejez), me sigue asombrando la secuencia de imágenes que genera un pensamiento.
Semanas después, y ya aclarado el bienentendido, ambos disimulábamos nuestra incipiente relación tomándonos de la mano en la hora de anatomía. Para ser más preciso, la contemplaba hipnotizado mientras ella agarraba un dedo y yo el hombro de un mismo brazo helado que dejaba ver su bíceps meticulosamente disecado. Me encontraba felizmente de novio con la princesa tímida, y juntos íbamos acaudalando conocimientos y abrazos. Había aprendido que hay un órgano de poca prensa que se llama timo, que en las rodillas no tenemos meñiscos sino meniscos, había cambiado la relación sangre/café en mi cuerpo, y hasta había llorado más de una vez por impotencia y sueño. Comenzaba segundo año de medicina, y aunque lo hacía por segunda vez, para mí no era poco.

Incluso hoy popularmente ser médico no es poca cosa. Es raro lo que sucede en la gente al vernos. Ayer casualmente antes de ir al cumpleaños de un amigo entré en un kiosco y una señora se había empecinado en que me debían atender antes que al resto. Decía que yo tenía prioridad, que seguro que estaba apurado. Y así es como se retroalimenta la altanería de algunos profesionales. Sin ir más lejos, tengo un paciente que cuando llama por turno se presenta como Dr. Alzurriaga, y utiliza el título para argumentar su urgencia. Desde joven tengo miedo que llegue un día en que, quizás en la fila del banco, yo también exija ser llamado Doctor.
Sin estar recibido y con más dudas que certezas, en diversas reuniones se hacia presente la frase ¨ Vos que sos médico, seguro vas a saber contestarme una cosita.¨ Y acto seguido, infinidad de interrogantes. Las preguntas que confirmaban mi ignorancia iban desde ¨¿Por qué crecen los pelos después de muerto?¨ y ¨¿Con qué sueñan los ciegos de nacimiento?¨ hasta ¨¿Cuál es el fundamento científico del bostezo que sufre mi abuela cuando me cura el empacho?¨
Acaba de llamarme el cumpleañero de ayer. Me olvidé en su casa la bufanda. Ese si sabe de humildad, es un tipazo (y no lo digo por la bufanda). Tuvo mucho que ver en que no bajé los brazos cuando la carrera me sacó la lengua.
Al llegar a tercer año lo conocí siendo mi docente. Contrastaba con todos esos anticuados profesores que se enorgullecen de mirar a los estudiantes con la soberbia de quien no tiene memoria. Estaba mi enana autocrítica maltratándome sin piedad a raíz de los incesantes altibajos de mi rendimiento y él lo notó. Me propuso ser practicante de la guardia a la cual él concurría una vez a la semana como una forma de motivación.
Yo accedí antes de que la propuesta se silenciara.

Entré orgulloso con el inalcanzable ambo que sueña vestir todo estudiante en sus primeros años, un estetoscopio en el bolsillo y un bolso negro donde llevaba, entre los pequeños espacios que dejaban dentro el tensiómetro y el libro de patología, unos cuantos miedos e incertidumbres.
Lo primero que oí al ingresar fue − Buenos días. Tráigame el laringo1 y el ambú2.
− ¿Qué cosa? − pregunté tartamudeando. Seriamente me mandó a averiguar qué era y dónde estaba.
Fue de las caminatas más largas de mi vida y la guardia tenía como mucho cuarenta metros. Yo esperaba que, como en el tren fantasma, de entre los azulejos apareciese de golpe un objeto revelador. No sabía si buscaba algo grande o algo chico, ni siquiera si tenía que salir a la calle para conseguirlo. Creo que de no haber sido porque una practicante me lo enseñó, hubiese evaluado partir la ambulancia al medio y colocarle una tilde sobre la ¨U¨.
Esta situación la volví a presenciar unas cuantas veces más, solo que siendo parte del ritual de bienvenida donde el doctor recibía al ¨ nuevo perro3 de guardia ¨ que llegaba arrastrando los pies y mirando el piso.
Unas horas después, el mismo médico me miró y sin mostrar ni un pedacito de su dentadura me dijo: −Un doctor debe usar zapatos. ¡Qué no se repita! −pero su reto, para mi, traía la satisfacción de quien llega a la cima luego de un largo recorrido. Me había dicho ¨ Doctor ¨, qué importaba el resto de la oración.

Son las siete de la tarde, vi a todos mis pacientes excepto dos que faltaron, uno sin aviso y el otro que ya mencioné. Debería irme a casa, pero me entusiasmé escribiendo. Por la ventana veo como se van encendiendo las luces de los edificios del otro lado de la avenida e imagino las distintas situaciones que se generan en cada departamento. Los que viven en pareja probablemente comentan sus novedades, otros reafirman su soledad frente al televisor mientras deciden si cocinar o pedir comida hecha. Pero los hospitales no responden a las generalidades. En ellos hay esposas que no regresan a su hogar, familias reunidas que ignoran sus actividades esperando un nacimiento, luces que no se apagarán hasta el amanecer.
Cuando era practicante la gente me decía con compasión − Uy, ¿estuviste todo el lunes en la guardia? − Pero para mi no había tal carga, era el chico más feliz del mundo al colgarme el estetoscopio como los que saben.
Los libros, que no muerden pero en ocasiones maltratan, me venían abofeteando con sus raras palabras y moléculas creadas para generar olvidos en el comienzo de los exámenes. Pero los lunes se borraba por unas cuantas horas esa sensación de fracaso. Tan cierto como que en casa maldecía lo estudiado, en el hospital aprendía disfrutando.
La guardia no era como memorizar extraños síndromes que padecían los habitantes de una pequeña comunidad habitante de una pequeña aldea que quedaba en un pequeño país del que jamás había oído hablar en toda mi vida. Era intentar imitar la forma en que mi doctora preferida percutía una espalda alcanzando un Do mayor que se afinaba con ciertas toses; era saber que una ¨ H ¨ era más que la octava letra del abecedario y que no toda señora que esté cursando una crisis histérica tiene más aire del que refiere. Era aprender que algunas personas creen que si su familiar se salva es porque es fuerte y si muere es porque los médicos lo mataron. Incluso tuve la oportunidad de admirar a los veintidós años cómo nace un bebé. Que una criatura que no mide ni medio metro salga de entre las piernas abiertas de su madre, por más que lo haya estudiado, para mi siempre será magia. En realidad creo que todo lo que admiramos, lo que nos da felicidad, lo que es una fuente de sonrisas y anécdotas tiene un componente fantástico. Por citar un ejemplo, hasta un arco iris logré identificar entre las constelaciones que se formaban con las manchas de humedad de la sala de médicos cuando en la merienda cantábamos bajito un feliz cumpleaños sin que nos oyeran. Obviamente nunca se lo dije a nadie por temor a que me tilden de loco. Recién ahora de viejo (otra vez con lo de la edad) me animo a hacerlo.
Acabo de cerrar las persianas, es una forma de convencerme que ya empecé a preparar todo para irme. Por contrapartida me calenté otro café. Me da lástima irme dejando al muchacho del texto sin recibirse. Yo se todo lo que costó, lo que resignó y lo que fue el día tan esperado.
El tiempo pasaba y las ausencias a ciertos eventos sociales eran reclamos tan inevitables como entendibles. A menudo mi princesa se cuestionaba por qué desaprobaba y yo intentaba consolarla inspirándome en esos ojos que habían dejado morir la timidez, tal vez en una camilla del ¨shock room¨.
Luego de tres años más de climas diversos finalmente una putrefacta pero hermosa preparación que constaba de huevos, café, mostaza, vinagre, alegría y unas cuantas lágrimas de satisfacción cayeron sobre mí y sobre la libreta universitaria con el sello de la última materia aprobada. Me pelaron el día que me fui de esa guardia y, como es sabido que sucede con el paso del tiempo y los folículos pilosos ofendidos, la calvicie se hizo permanente. En realidad, siguió creciéndome pelo, pero solo en las mejillas. También aumentó la panza, la cantidad de libros leídos, las anécdotas e infinitas tardes de resúmenes manuscritos, galletitas y mate.
Ahora sí, me voy a casa, tengo un compromiso con mi familia y con un médico que anda sensible. Cumple sesenta años y se la pasa escribiendo memorias de su juventud a modo de catarsis. Mejor no. No puede terminar así.
Hoy miro a la distancia y veo a aquel pibe enojado por sus fracasos y por no lograr aprender unas cuantas enfermedades raras que de viejo tampoco recordará. Al contemplarlo me enorgullece saber que, ya maduro, mantiene sus amistades y que a su lado está la misma princesa (más arrugada y más hermosa). Si pudiera hablarle a ese asustado estudiante le diría que afortunadamente siempre será más terco y soñador que inteligente, que no desespere. Le haría saber que, aunque aun no lo note tiene un hueco en su pared donde un papelucho encuadrado dirá en el futuro que ya es médico.
Desde mi presente, y con las llaves ya en el bolsillo, también sé que a ese muchacho cuando crezca le seguirá importando más el hacer sonreír a una anciana desdentada que lo trascendente del empujón que pueda pegarle un ansioso y violento borracho de la sala de espera. Se que me cuestioné alguna vez la carrera y que no dormí tanto como otros pero todo pierde importancia cuando hoy comparo aquellos enojos con que la vida me siga regalando un montón de ¨ Gracias Doctor ¨.


Notas
1. Laringoscopio: Instrumento utilizado para examinar la laringe y proceder a la intubación de la tráquea.
2. A.M.B.U.: Acrónimo de airway mask bag unit, dispositivo de asistencia respiratoria manual portátil.
3. Perro: Practicante más novato y último en formar parte del servicio de guardia.

jueves 7 de octubre de 2010

Ingredientes mágicos


Existe un ingrediente secreto que hace a la diferencia. Se sabe que está guardado bajo un candado de siete llaves y este a su vez tirita en una caverna custodiada por un gigante de pocas palabras. No se conoce quien fue el alquimista que lo creo, tampoco la época en que se lo utilizó por primera vez.
Como es evidente es más voluminosa la leyenda que las certezas que poseemos del deseado conjuro. Por otra parte es innegable los efectos que causa; no se conoce sujeto alguno que le haya sido indiferente ni persona que haya podio explicar el mágico fenómeno.

Entre millones de mujeres idénticas nadie dudaría en tomarla de la mano con tal de buscar en sus labios ese ingrediente que hace a la diferencia.

Nadie duda que elije a la que posee el ingrediente. ¿Será que el extraño elixir nos lo han hecho beber para eliminar la duda luego de la elección?

domingo 3 de octubre de 2010

Mundos propios



Jura que el cielo no es más que la superficie, que nosotros somos seres subacuáticos y que de noche un barco gigante tapa el verdadero reflejo del sol. Mantiene que los espejos son los ojos de buey de un submarino fantasma y el humo un invento publicitario.
Del fuego no habla, le asustan las graves consecuencias que traería nombrar a las hijas del sol.
Una vez le pregunté por qué creía que llevaba puesto un chaleco que se ataba a su espalda y me contestó que jamás llegaría a comprender los beneficios de abrazarse a uno mismo, luego se marchó riendo.
La mayoría lo ignora por loco, otros le sonreímos a su creatividad.

jueves 23 de septiembre de 2010

Meloancólicas reflexiones filosóficas de la taquicardia amorosa


Ni yo mismo se la veracidad de mis mentiras; las probabilidades que hay de cumplir mis promesas.
Creeme que te mentí cuando juré poder volar y tener la capacidad de llevarte a pasear por una estrella que vive más allá de la altura de mis sueños.
Ni yo mismo se quien soy. Por momentos me encuentro imitando a mi sombra encerrándome en un círculo vicioso donde intento convencerla de que te hable.
Quizás un día me anime a cumplir las promesas, quizás un día ya no sepulte los besos que no di entre estrellas fantásticas y letras sin dueño.
Quizás... pero no te prometo nada.

sábado 4 de septiembre de 2010

Inspiración profunda.


Hay días en que me propongo escribir pero no hay precio para incentivar el baile de mis manos perezosas. No hay estrellas en ninguna de las lapiceras de mi casa y pese a que las desarmo una y otra vez solo encuentro canutos de plástico transparente, rastros de tinta azul y mares de silencio.
Hay días en que voy de un lado a otro, camuflado en la rutina de la ciudad pateando hojas y piedritas en busca de versos reveladores. Esperando legendarios mapas que tengan algún tesoro que tengan algún cofre, que tengan alguna receta para confeccionar un brebaje secreto. Hay días felices, tristes, azules y grises pero no hallo en ninguno de ellos la dinámica magia de las letras del alma.

Hoy miro por la ventana y entre las nubes de la noche el inmenso ojo blanco me alienta a empezar otra vez con una mayúscula esperanzada.
Bajo la mirada y me encuentro escribiendo sorprendido y satisfecho de estar acomodando letras sin saber aun que dicen. Suspiro. Percibo un olor dulce y mi corazón grita recordándome para quien trabaja.
Me invade el desconcierto de no saber que está pasando. Me llevo la mano al mentón (es una costumbre semivoluntaria que me surge siempre que me quedo pensativo); el sentimiento se intensifica. Mis manos tienen tu olor. Ese secreto olor que compartimos.
Sin notar mi estúpido accionar beso mis dedos.
Sonrío y tristemente entiendo todo.

martes 10 de agosto de 2010

Peldaños


Su esposa estiró su mano mientras le advertía que no esperaría ni un minuto más a que cambie la maldita lamparita de living.

Traje la escalera y escalón a escalón comencé a subirla. La cima se hacía cada vez más lejana y mis manos dolían increíblemente a la altura de los nudillos. El pelo se me iba blanqueando y la cara tomaba un aspecto similar al de la corteza de los árboles.
El mirar hacia abajo me producía pavor, pues ya no se divisaba el suelo, y los peldaños se multiplicaban ante mí.
Mi espalda ya encorvada se enderezó fruto de la sorpresa que me produjo el oír esa gutural voz.
Un hombre que vestía una túnica blanca y un cetro dorado me dijo desde esa nube donde se perdían los escalones – No te esmeres en seguir subiendo, no llegarás al final de la escalera, por otra parte recuerda avisarle a los tuyos que fueron ellos quienes apagaron la luz. Ya no creo en ustedes.

Y así fue como quedó condenado a subir escalones envejeciendo con un foquito de 75 wats.

viernes 6 de agosto de 2010

Castigos


Buscando las ideas perdidas encontré la guarida de los sueños; allí dormían las musas sobre una alfombra de letras. Intenté despertarlas para comprarle unas cuantas plumas hechizadas con alguna tinta adictiva. Enojadas y mirándome a los ojos, luego de un bostezo interminable, me devolvieron al sitio donde una vez resignado empecé a buscar una tema sobre qué escribir.
Quizás un día las encuentre y ellas hayan olvidado el día en que las traicioné arrojando a la basura aquel cuento en que nos amamos.

jueves 13 de mayo de 2010

Puntos de VIsta


Él estaba sentado en la forma que lo hacía habitualmente. Sentía el calor sobre su espalda y cada tanto se entretenía imaginando que el aroma del propio cuerpo asándose llegaría en breve a su nariz.
Ella ya no sonreía como lo hacía habitualmente. A cambio se movía agitada intentando, desde la distancia, clavarse en su retina. Para lograrlo se valía de los reflejos de luz que emitía su mojada piel. Quería hacerse oír en la multitud, traerlo consigo. Se desesperaba.
Él la vio y casi sin pensar arrojó su ropa a un costado. Tragó saliva y finalmente corrió para tomarla en sus brazos como ella deseaba.

Minutos más tarde todo volvía a situarse en el punto de partida.
Sentían el calor pero lo ignoraban dialogando entusiasmadamente. Ella agradecida, él mirando cada tanto a la distancia y vistiendo de nuevo su buzo blanco de guardavidas.

A la noche también repitieron una escena. Volvieron a abrazarse, pero por primera vez.

jueves 6 de mayo de 2010

Inventario


Me trajo la paz y la guerra.
Me trajo las noches sin insomnio y unas cuantas donde no dormimos.
Me trajo los besos, los abrazos, las canciones y los versos.
Me trajo juegos, el cine, la poesía.
Me trajo momentos y eternidades.
Me trajo la envidia de unas cuantas divinidades.
Me trajo todo lo que tengo, inclusive el desinterés de lo que faltaba.
Pero no trajo explicaciones. Y por no traerlas, así como llegó, se fue.

martes 27 de abril de 2010

Hombre Perro


En una de esas cuadras que están hechas medio en bajadita, vive Raúl y Croto, su ovejero alemán. Algunos vecinos mantienen que en realidad son la misma persona y basan su teoría en que jamás se los ha visto juntos.
Por la tarde, se puede ver al dueño de la casa tomando mate en una vieja silla plegable. Siempre con su misma boina y la mirada perdida en el limonero de la caza de enfrente.
Por las noches o bien temprano, quién se sienta en el umbral a ver pasar a la gente, es el perro. Cada tanto puede que le ladre a algún chihuahua prepotente, pero solo para hacer valer su reputación entre los demás cuadrúpedos del barrio.
Jacinto, el carnicero, dobló la apuesta cuando aseguró que cierta vez Raúl se cayó en la bañera. Y que durante ese mes y el siguiente, el sol del amanecer encontraba a Croto escondiendo su hocico entre las patas. Le daba vergüenza llevar la cola dentro del burlón carrito para caninos descaderados.
Hay rumores que dicen que el limonero era, en realidad, la materialización de la nostalgia que sufre Raúl cuando se acuerda de la última vez que hizo pis públicamente con forma humana.
En un diario barrial, que ya no se edita, se escribió que el viejo, en realidad, era paseado por el cuadrúpedo los lunes feriados. Y algún otro chusmerío al respecto.

Ayer me llegó una carta escrita por uno de los ¨ Refutadores de Leyendas ¨ amigo del Negro Dolina donde además de pedirme que no revele su identidad me habló acerca de la casita de Raúl y Croto.
En su escrito afirma, valiéndose de planos, fotos y hasta dos partidas de nacimiento que la clave era la vivienda. El hogar era en realidad un metro cuadrado que se había formado por un error de cálculos de los arquitectos que construyeron las casas contiguas. Dado que era pequeño el lugar para ser compartido, el perro y el anciano, se turnaban para poder dormir bajo techo.
Es verdad que hace años Raúl se cayó en un cambio de turno, pero no en la bañera aseguró. La mala suerte fue que amortizó el golpe sobre el pichicho, fracturándolo.
Debido a la fuerza y convicción de mi último informante, opté por tomar esta versión como verdadera.
Igual, era más lindo pensar que en mi barrio vive el Hombre Perro.

Dibujante grosa!

jueves 22 de abril de 2010

Propuesta para ir limpiando el mundo


A quien busque un pequeño cambio:
Por medio de este humilde medio de comunicación invito a quien se precie de valiente y esté harto de respirar y vivir con la suciedad evitable de la sociedad a señalar a quién ensucie. Propongo que maltratemos un poquito a las basuras, que colaboremos a que mueran de vergüenza, a que se arrepientan al menos un instante de su mugre.

Ayer mientras volvía de la facultad un anciano (aclaración que obliga a compartir culpas entre estos y la ¨juventud perdida¨ bautizada así por algunos) arrojo desde la ventanilla del colectivo una botella de gaseosa que terminaba de tomar.
Todos, como si nada (me incluyo y me doy bronca).
Hoy a la mañana un muchacho muy bien trajeado con unos lujosos lentes de sol (aclaración que obliga a compartir culpas con ¨los negros¨ bautizados así por algunos) dejó caer el envoltorio de quien sabe qué golosina estando parado a metro y medio de un cesto de basura.

Tal vez en la próxima lluvia se inunde tu cuadra y la basura navegue como góndolas venecianas por las mugrientas aguas de calles porteñas.
En una de esas volviendo de tu trabajo pisarás cuatro kilos y medio de excremento de la mascota paseada por alguno de estos animales.

Pido encareciidamente a todos ustedes que se animen a señalar con el dedo, a aplaudir en lugares públicos, a gritarle basura a estos cerdos humanoides. También solicito que me animen a creer y a acompañarlos en esta cruzada.
Desde ya Muchas gracias.
Uno como vos.

miércoles 14 de abril de 2010

Apuestas


Si tú estás tan seguro que no existen las utopías entonces arroja un lado esa cobardía disfrazada de orgullo y apostemos. Atrévete a resignar en este duelo tu mediocridad a cambio de los sueños que se guardan, según crees, en esos estantes demasiado altos. Mantente firme en eso de que el horizonte es una ilusión causada por líneas convergentes de la visión que juntan el cielo y el mar. Asegura a gritos esa falacia y desmiénteme. Mantente en eso de que no es la quinta línea de un pentagrama submarino donde se posa un sol agudo y caluroso.
Ríete a carcajadas cuando en público fundamente lo ridículo de tus negaciones acerca de los vuelos que experimentan los amantes.
Crúzate de brazos ahorcando la esperanza.
Pon un precio, el que quieras, y elige cuanto deseas apostar.
Esmérate en querer ganar, asegurando que todo es vacío mientras yo disfruto la utópica potencialidad de lo pequeño.
Insulta a los ángeles por la soledad que te circunda y generaliza la vida como momentos de oscuridad.
Por mi parte prefiero abrazar a una mujer que es única, que surgió de la soledad y, siendo un ángel, le enseñó a volar a un simple hombre que no sabía como hacerlo.

Si estás tan seguro que no existen las utopías, lo lamento. Perdona que no apueste contigo pero cambié de opinión. Voy a disfrutar de los seres sensibles que caminan por la calle sin arrastrar los pies.

domingo 11 de abril de 2010

Oscura melancolía



Tenía los ojos de aquella reconocida actriz, que hace un largo tiempo protagonizó a una princesa de cuentos. También la boca de su madre que sin ser suya me encanta que pueda llegar a ser mía.
La lengua contestataria de esa chica que cursó alguna vez en la facultad con nosotros era otro de sus tesoros, de sus atractivos.
De su cuello, cuando nadie la veía, colgaba un collar hecho de sonrisas ajenas. Y en la mañana se peinaba mirando su colección de trofeos. Orgullosa, satánica.
Y que decir de su caminar forzado cuando llegaba a casa con su mochila llena de esas reliquias que tanto me gustan. Recuerdo el día en que la conocí. De su cartera sobresalía un dedo. No puedo evitar reírme melancólicamente al atraer otra vez a mi mente esa imagen. ¡Cómo nos divertíamos juntos!
¿Cómo no la voy a extrañar ahora que vive bajo mi jardín, ahora que ya no me maltrata?
¿Cómo no enamorarse de quien colecciona partes corpóreas ignorando corazones?

Siempre me excitó que los fines de semana sea una descuartizadora.

miércoles 7 de abril de 2010

Quién se robó los valores?


Cada vez más a menudo cuestiono mi paciencia, me pregunto si mi tolerancia es la que se extingue demasiado rápido o si la sangre que corre por mis venas insiste más de lo normal en que mi corazón permanezca latiendo, en que me enfurezcan las incesantes acciones de los imbéciles. Y lejos de encontrar la respuesta me hallo otra vez maldiciendo a mansalva.

Estiro la mano para parar el colectivo, me ignora. Se hace tarde para llegar al trabajo, pero qué importa si solo a mí me importa.
Pasan los minutos, los autos. Caen las lagañas rezagadas y las coloradas luces de los semáforos hasta deshacerse en colores tan verdes como este inmaduro amanecer. Un ómnibus decide compadecerse y parar. Yo agradezco su extraña invitación a subir en la ballena de acero pronto a ensamblarme con millones de adormecidos trabajadores matutinos.
Ya adentro soporto mansamente los empujones, el calor que nace de las respiraciones acumuladas en este gueto en que no se abren las ventanillas.
Un chico de unos dieciséis años oye felizmente la música que grita su celular, yo también la oigo pero no me alegra. Prefiero a cambio el silencio que despabila de a poco.
Una señora por fin abre la ventana. Respiro. Luego me indigno al ver como arroja el envoltorio de su alfajor hacia la calle. Vuelve a cerrar.
Una embarazada sube, le dan el asiento pero no agradece. El solidario cuestiona su accionar hablando bajito consigo mismo.
Debo bajar, toco timbre.
En la vereda inspiro hondo y me voy insultando por no hacer nada, por tan solo enojarme con los estúpidos de turno. Ilusamente me pregunto cuanto puedo hacer por este borroneado mundo.
Saco las llaves del trabajo y me asusto de pensar en la imposibilidad del cambio.
¿Tendré poca paciencia o ya no es posible aportar pinceladas de valores a esta pintura cada vez más despintada? No se.
En un rato me comerá el trajín cotidiano y tal vez me vomitará convertido en un ser amnésico, en uno más de la vergonzosa mayoría.

martes 6 de abril de 2010

Donde están las Musas


Lejos de intentar coimearlas para que regresen, de buscar a esas diosas que ya no duermen en mi lapicera cubierto de furia, casi civilizadamente me dispongo a conversar con ellas cuando lo dispongan.
Volveré a escribir como ya hace tiempo no lo hago. Volveré a preguntar si alguien encontró los ideales perdidos. NO es una amenaza ni mucho menos, es una invitación para que volvamos a charlar. Una invitación a las musas perdidas, una copa que se está sirviendo para quien guste leer.

jueves 4 de marzo de 2010

Consecuencias.


Ella tan sólo quería un beso, el moría de ganas pero le advirtió que no era conveniente...

Ella se despertó sin saber a donde se hallaba, era un lugar completamente desconocido. No podía ver nada en absoluto, sólo conseguía oír ese estridente sonido rítmico. La oscuridad parecía potenciar los sentidos aumentando la desesperación. Su cuerpo se encontraba completamente desnudo y por éste caía un líquido tibio y algo viscoso que llegaba desde arriba en chorros intermitentes. Sus pies trataban, aunque a veces sin lograrlo, afirmarse a ese desagradable terreno y sus temblores. Las paredes se acercaban y se alejaban como queriéndola comprimir.
El líquido continuaba cayendo, por lo que solía ser su precioso cabello dorado, y mezclándose con sus lágrimas, se perdía por una abertura del piso que a modo de desagüe descomprimía el habitáculo.
El pánico, el asco y la incertidumbre de no entender qué y por qué sucedía todo, seguía incrementándose a la vez que esos horribles bamboleos potenciaban las nauseas.
... Ella tan sólo quería un beso, el moría de ganas, pero le advirtió que no era conveniente.
Ella insistió y recostó sus labios en los de él, a pesar de haber sido advertida que a veces sólo un beso basta para ser parte de un corazón.


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Instrucciones

miércoles 24 de febrero de 2010

No es cuento, no es chiste


Hoy no es cuento, no es historia, no es un texto para volar por otros lados. Hoy es un grito de furia que pretende soñar menos y despertar más.
Estoy cansado de ver en la gente un puto acostumbramiento, una conformismo, un temor, una resignación. Y hablo en todos los órdenes. Hablo de cuestiones generales, y de palazos particulares.
Hablo de las conchudas inundaciones sin que nadie grite. Sin que yo grite, pues mi casa, por suerte, está seca.
Habló de colas interminables en la facultad para entregar un papelito estando en el Siglo XXI.
Habló de caminar asustado, de hablar por teléfono con el celular bien apretado.
Hablo de lo que me hizo enojar y empezar a escribir. Del motivo que me volvió a alertar, a indignar por la cobardía generalizada, por la falta de unidad…
Estaba por rendir un parcial y en eso entra al aula un doctor muy arreglado, peinado correctamente y con aires de superioridad. En su boca traía una noticia salvadora según él, y en sus ojos el orgullo estúpido de mirar al alumnado desde arriba, desde un balcón altanero formado por sus lentes y su aguileña nariz.
− Señores: motivo de la lluvia y para ayudar a aquellos alumnos que no hayan podido concurrir por las inundaciones se agregará una fecha para que éstos puedan rendir.La ausencia de tres tipos no debería hacer tambalear un cronograma ni la organización de la cursada de doscientas personas.
Las notas no se las daremos el miércoles, sino el jueves a todos. Y el recuperatorio, si es que rinden mal, es el viernes.* *o sea… un día antes te dan la nota y te dicen si en menos de 24hs tenés que preparar un examen en el cual te jugás la cursada (a matar o morir).
Este señor se fue y nadie dijo nada. Yo tampoco.
A la salida todos estuvimos indignados por lo que nos hicieron. Yo también, pero más aun, por ser parte de la muchedumbre acostumbrada, inerte, estúpida.

Juntar Coraje

jueves 18 de febrero de 2010

El enamorado



Él construía a diario cofres de madera y antes de venderlos buscaba en ellos un par de alas para volar. Soñaba con ver la ciudad desde arriba y llorar tranquilo unas cuantas lágrimas, sin que nadie lo note, fruto de la prisa que despierta la lluvia. Intercambiaba las pilas de los relojes o los incineraba junto a su colección de calendarios. Estaba empecinado en manipular el tiempo. Imploraba a esta hoguera que aquellos días en que la contemplaba bailando volviesen, que las películas que lo entretienen en soledad duren menos que lo normal.
Se disculpaba con su piano por entender los celos que generaban sus canciones mal tocadas en guitarra. Y se enfurecía con la guitarra cuando tras un acorde menor empezaba a llorar.
Los niños del barrio lo conocían como ¨ el enamorado ¨.
Él con su mirada perdida, los corregía y se presentaba como ¨ el loco ¨.

Al final de cada día abría su cajita musical, besaba a una bailarina de plástico que dormía dentro, decapitada por accidente, y se recostaba angustiado en su cama.
El sueño lo encontraba habitualmente mientras susurraba entre sollozos un te amo. A esa hora, seguramente, los niños del barrio tenían los ojos cerrados sabiendo que habían acertado en el momento que decidieron ponerle ese apodo.

jueves 11 de febrero de 2010

Ella pedía regalitos


Un día me miró a los ojos y, luego de un beso, me pidió que le ofrendase la luna. Le expliqué los pormenores que traería dicho suceso y le recordé que su vivienda era un monoambiente.

Una tarde, mientras merendábamos, me solicitó que le regalase el mar. Como respuesta sugerí que sería propicio agrandar primero el baño.

Una noche a sus grandilocuentes regalitos se le sumaron... un cielo estrellado para cubrirse por las noches, mi alma, mis ojos y un par de desiertos para jugar con la arena. - Creo que primero deberías de barrer la tierrita del departamento, le dije. Ella me miró fijo y se fue dando un portazo.

Pensé en dejarla por pedigüeña, pero me ganó de mano. Volvió a aparecer por la puerta que acababa de cerrar y me dijo: ¨No te quiero ver más, sos un miserable.¨

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