Debajo de la camilla que está junto a la ventana,
Resguardado del paso del tiempo, encontrarán mi cuaderno de bitácoras.Al llegar al consultorio preparé café, puse la radio y encendí la computadora como todos los días. En uno de los mails el primer paciente dice que no vendrá porque su hijo rinde la última materia de la carrera y quiere estar ahí. Pide disculpas y dice que en la semana llamará para combinar un nuevo turno.
Su excusa me trajo recuerdos. Quién me iba a decir cuando elegí el colegio secundario que terminaría siendo un médico melancólico.
Mi rutina adolescente transcurrió en una escuela industrial. Un lugar que olía a estaño y a fúlbito de hora libre. Ni cerca estaban mis pensamientos de las cuestiones medicinales. Lo más parecido eran las plegarias dermatológicas que se daban en el ritual de untarme cremas de afeitar en las mejillas lampiñas y esperar que algún poro se anime a regalar los primeros indicios de barba. Los alumnos teníamos la habilidad para distinguir entre una mecha de vidia y una de las otras, sabíamos soldar sin gritar al quemarnos, y resolver problemas matemáticos con integrales que no nos integraban en círculos femeninos. Era un hecho trágico el no tener una sola pollera volándose en los recreos. Y quizá esto fue determinante en mi elección de futuro.
− La clave es estudiar medicina, ahí si que está lleno de minas. − Me aseguró Juan entre mates y maquetas.
− ¿Te parece? Para mi es más mito que otra cosa. Tené cuidado que el arbolito está quedando torcido. Tomá te toca cebar a vos.
La noche avanzaba y se oía el chiflido de la pava una y otra vez. En la mesa había una colección de mueblecitos hechos a mano, la yerbera intentando no dormirse y la bronca de un sábado claustrofóbico.
− Mi primo siempre cuenta un montón de anécdotas, dice además que la ropa que usa para ir al hospital es infalible para el levante.
− ¿Viste la facha que tiene Diego? Si fuese mimo daría lo mismo.
− ¿Me vas a decir que no te gustan las doctoras con esos pantaloncitos blancos?
Tal vez esa conversación no es más que un recuerdo y no influyó en la elección. Mi amigo, ahora ingeniero, mantiene que fue clave.
Capaz tuvo que ver más con un impulso narcisista o con algún castigo divino donde los dioses, vengándose de vagancias pasadas, me condenaron a leer eternamente. ¿Quién sabe? Lo cierto es que, de buenas a primeras, y sin fuertes convicciones de por medio, me empezó a importar más aprender a curar, y todo lo que significa, que saber arreglar electrodomésticos.
A veces cuando regreso a casa o si necesito hacer tiempo para pasar a buscar a mi mujer por su trabajo, entro al bar donde me juntaba a estudiar en esa época. No es el más lindo de la cuadra ni tampoco el más barato pero me gusta contemplar las sofisticadas mesas modernas que reemplazaron aquellos muebles clásicos donde planeábamos salvar el mundo entre cervezas y maníes, donde nos aceptábamos consejos sin importar los fundamentos, donde intercambiábamos cuadros sinópticos, donde crecíamos. Hoy los escenarios, las metas y los miedos son otros. ¿O son los mismos que mutaron con nosotros?
Primero llegó el C.B.C. tratando de apoderarse lentamente de mi vida. Fueron dos años complicados, con materias poco relacionadas y hasta por momentos sin sentido. Era una transición hacia la adultez, un puente que marcaba el comienzo de una etapa y aumentaba la expectativa por llegar al imponente edificio de la calle Paraguay.
Para la clase inaugural me quedé dormido por tardar en conciliar el sueño la noche anterior. Me tomé un taxi y subí apurado los tres pisos por escalera con mi guardapolvo flameando, cual superhéroe en su primer día de trabajo. Agitado entré en un salón donde mi entusiasmo se deshizo entre telas blancas y rostros asustados.
En un tiempo menor a lo que demora este renglón en ser leído, se abrió la puerta y tras dibujar un abanico chillón en los baldosones gastados, una doctora malhumorada comenzó a gritar, apellidos de gente desconocida. Luego de oír mi nombre, entré al aula.
Un olor horrible y penetrante me recibió intentando morderme con fuerza la nariz hasta hacerme lagrimear. Era una mezcla entre alcohol y acetona que podía percibirse desde mucho antes de descubrir de donde provenía. Mientras, expectante, me iba acercando a las famosas mesadas de acero inoxidable el olor aumentaba. También la fuerza que yo hacía para no arrugar la cara e impedir que mis ojos llorasen.
Era una mesa rectangular brillante que tenía una suerte de desagote justo en el centro. Me senté en una alta banqueta renga. Junto a mí estaba un ayudante que no ayudaba y once señoritas con uniforme similar al mío. Camuflada entre estas últimas, la vi. Tras unos lentes de princesa intelectual, la mujer más hermosa del mundo ocultaba su timidez, su seriedad, sus complejos y sus verdades.
Pensar que hoy los problemas pasan por otro lado. Me hago malasangre por las cuentas, por si un paciente vino sin avisar, porque el no quejarme me hace sentir mediocre; o como ahora porque este café se enfrió mientras escribía entusiasmado. En aquel tiempo las cosas eran diferentes. Mi preocupación diaria era hija de la información creciente, que necesitaba ser recordada con urgencia, y el cuestionamiento de mis capacidades. Encima para ella, yo era invisible y eso me desesperaba.
Habían pasado tres meses desde mi ingreso a la facultad, doscientos seis huesos y mil kilómetros de tinta, pero aunque seguía siendo ignorado por esa mujer, continuaba fiel a mi balacera de piropos. Un buen día, en el calendario de mi memoria, marqué azarosamente un antes y un después.
Era viernes y habíamos planeado salir a tomar algo juntos todos los compañeros de cursada, con la condición de no utilizar palabras medicinales en toda la noche.
Estaba en casa ya cambiado y listo para irme con media hora de antelación.
La ansiedad que me dio fama de puntual fue una especie de Cupido. Miré el reloj que hacía tiempo en mi muñeca y a un tipo intrigado en el espejo del baño. Fui hasta el comedor, agarré el celular y comencé a escribir un mensaje de texto. La idea era enviarlo y preguntar a María si la princesa tenía novio. Y así fue, aunque a medias. El mensaje sí fue escrito, dijo ¨ ¿Sabés si la petisa tiene novio?¨, e incluso fue recibido, pero con una salvedad. Lo recibió la persona equivocada.
Luego me di cuenta del error. Confirmé mi estupidez y mi cobardía cuando leí en mi teléfono: − ¨ No. No tengo novio, ¿por? ¨− Yo no contesté.
Esa noche de invierno hizo un frío increíble pero mis manos no dejaron de sudar. Volví tarde a casa sin haber aclarado nada.
Debo haber contado esa anécdota unas quinientas veces y siempre dudo si me creen que fue así. Es el día de hoy que me pregunto por qué no dije nada en el bar con lo linda que estaba y lo hice apurado un par de días después justo antes de que ella suba al colectivo.
En un cajón del escritorio tengo una foto donde estamos todos los que nos recibimos juntos. Creo que con los portarretratos pasa algo similar a lo que sucede con las ventanas que enmarcan paisajes atractivos. Están ahí frente a nosotros diariamente y uno no los admira sino hasta que alguien los halaga o nos proponemos hacerlo. De todos modos, aun con mis años (es la segunda vez que menciono el paso del tiempo, puede que también eso sea fruto de la vejez), me sigue asombrando la secuencia de imágenes que genera un pensamiento.
Semanas después, y ya aclarado el bienentendido, ambos disimulábamos nuestra incipiente relación tomándonos de la mano en la hora de anatomía. Para ser más preciso, la contemplaba hipnotizado mientras ella agarraba un dedo y yo el hombro de un mismo brazo helado que dejaba ver su bíceps meticulosamente disecado. Me encontraba felizmente de novio con la princesa tímida, y juntos íbamos acaudalando conocimientos y abrazos. Había aprendido que hay un órgano de poca prensa que se llama timo, que en las rodillas no tenemos meñiscos sino meniscos, había cambiado la relación sangre/café en mi cuerpo, y hasta había llorado más de una vez por impotencia y sueño. Comenzaba segundo año de medicina, y aunque lo hacía por segunda vez, para mí no era poco.
Incluso hoy popularmente ser médico no es poca cosa. Es raro lo que sucede en la gente al vernos. Ayer casualmente antes de ir al cumpleaños de un amigo entré en un kiosco y una señora se había empecinado en que me debían atender antes que al resto. Decía que yo tenía prioridad, que seguro que estaba apurado. Y así es como se retroalimenta la altanería de algunos profesionales. Sin ir más lejos, tengo un paciente que cuando llama por turno se presenta como Dr. Alzurriaga, y utiliza el título para argumentar su urgencia. Desde joven tengo miedo que llegue un día en que, quizás en la fila del banco, yo también exija ser llamado Doctor.
Sin estar recibido y con más dudas que certezas, en diversas reuniones se hacia presente la frase ¨ Vos que sos médico, seguro vas a saber contestarme una cosita.¨ Y acto seguido, infinidad de interrogantes. Las preguntas que confirmaban mi ignorancia iban desde ¨¿Por qué crecen los pelos después de muerto?¨ y ¨¿Con qué sueñan los ciegos de nacimiento?¨ hasta ¨¿Cuál es el fundamento científico del bostezo que sufre mi abuela cuando me cura el empacho?¨
Acaba de llamarme el cumpleañero de ayer. Me olvidé en su casa la bufanda. Ese si sabe de humildad, es un tipazo (y no lo digo por la bufanda). Tuvo mucho que ver en que no bajé los brazos cuando la carrera me sacó la lengua.
Al llegar a tercer año lo conocí siendo mi docente. Contrastaba con todos esos anticuados profesores que se enorgullecen de mirar a los estudiantes con la soberbia de quien no tiene memoria. Estaba mi enana autocrítica maltratándome sin piedad a raíz de los incesantes altibajos de mi rendimiento y él lo notó. Me propuso ser practicante de la guardia a la cual él concurría una vez a la semana como una forma de motivación.
Yo accedí antes de que la propuesta se silenciara.
Entré orgulloso con el inalcanzable ambo que sueña vestir todo estudiante en sus primeros años, un estetoscopio en el bolsillo y un bolso negro donde llevaba, entre los pequeños espacios que dejaban dentro el tensiómetro y el libro de patología, unos cuantos miedos e incertidumbres.
Lo primero que oí al ingresar fue − Buenos días. Tráigame el laringo1 y el ambú2.
− ¿Qué cosa? − pregunté tartamudeando. Seriamente me mandó a averiguar qué era y dónde estaba.
Fue de las caminatas más largas de mi vida y la guardia tenía como mucho cuarenta metros. Yo esperaba que, como en el tren fantasma, de entre los azulejos apareciese de golpe un objeto revelador. No sabía si buscaba algo grande o algo chico, ni siquiera si tenía que salir a la calle para conseguirlo. Creo que de no haber sido porque una practicante me lo enseñó, hubiese evaluado partir la ambulancia al medio y colocarle una tilde sobre la ¨U¨.
Esta situación la volví a presenciar unas cuantas veces más, solo que siendo parte del ritual de bienvenida donde el doctor recibía al ¨ nuevo perro3 de guardia ¨ que llegaba arrastrando los pies y mirando el piso.
Unas horas después, el mismo médico me miró y sin mostrar ni un pedacito de su dentadura me dijo: −Un doctor debe usar zapatos. ¡Qué no se repita! −pero su reto, para mi, traía la satisfacción de quien llega a la cima luego de un largo recorrido. Me había dicho ¨ Doctor ¨, qué importaba el resto de la oración.
Son las siete de la tarde, vi a todos mis pacientes excepto dos que faltaron, uno sin aviso y el otro que ya mencioné. Debería irme a casa, pero me entusiasmé escribiendo. Por la ventana veo como se van encendiendo las luces de los edificios del otro lado de la avenida e imagino las distintas situaciones que se generan en cada departamento. Los que viven en pareja probablemente comentan sus novedades, otros reafirman su soledad frente al televisor mientras deciden si cocinar o pedir comida hecha. Pero los hospitales no responden a las generalidades. En ellos hay esposas que no regresan a su hogar, familias reunidas que ignoran sus actividades esperando un nacimiento, luces que no se apagarán hasta el amanecer.
Cuando era practicante la gente me decía con compasión − Uy, ¿estuviste todo el lunes en la guardia? − Pero para mi no había tal carga, era el chico más feliz del mundo al colgarme el estetoscopio como los que saben.
Los libros, que no muerden pero en ocasiones maltratan, me venían abofeteando con sus raras palabras y moléculas creadas para generar olvidos en el comienzo de los exámenes. Pero los lunes se borraba por unas cuantas horas esa sensación de fracaso. Tan cierto como que en casa maldecía lo estudiado, en el hospital aprendía disfrutando.
La guardia no era como memorizar extraños síndromes que padecían los habitantes de una pequeña comunidad habitante de una pequeña aldea que quedaba en un pequeño país del que jamás había oído hablar en toda mi vida. Era intentar imitar la forma en que mi doctora preferida percutía una espalda alcanzando un Do mayor que se afinaba con ciertas toses; era saber que una ¨ H ¨ era más que la octava letra del abecedario y que no toda señora que esté cursando una crisis histérica tiene más aire del que refiere. Era aprender que algunas personas creen que si su familiar se salva es porque es fuerte y si muere es porque los médicos lo mataron. Incluso tuve la oportunidad de admirar a los veintidós años cómo nace un bebé. Que una criatura que no mide ni medio metro salga de entre las piernas abiertas de su madre, por más que lo haya estudiado, para mi siempre será magia. En realidad creo que todo lo que admiramos, lo que nos da felicidad, lo que es una fuente de sonrisas y anécdotas tiene un componente fantástico. Por citar un ejemplo, hasta un arco iris logré identificar entre las constelaciones que se formaban con las manchas de humedad de la sala de médicos cuando en la merienda cantábamos bajito un feliz cumpleaños sin que nos oyeran. Obviamente nunca se lo dije a nadie por temor a que me tilden de loco. Recién ahora de viejo (otra vez con lo de la edad) me animo a hacerlo.
Acabo de cerrar las persianas, es una forma de convencerme que ya empecé a preparar todo para irme. Por contrapartida me calenté otro café. Me da lástima irme dejando al muchacho del texto sin recibirse. Yo se todo lo que costó, lo que resignó y lo que fue el día tan esperado.
El tiempo pasaba y las ausencias a ciertos eventos sociales eran reclamos tan inevitables como entendibles. A menudo mi princesa se cuestionaba por qué desaprobaba y yo intentaba consolarla inspirándome en esos ojos que habían dejado morir la timidez, tal vez en una camilla del ¨shock room¨.
Luego de tres años más de climas diversos finalmente una putrefacta pero hermosa preparación que constaba de huevos, café, mostaza, vinagre, alegría y unas cuantas lágrimas de satisfacción cayeron sobre mí y sobre la libreta universitaria con el sello de la última materia aprobada. Me pelaron el día que me fui de esa guardia y, como es sabido que sucede con el paso del tiempo y los folículos pilosos ofendidos, la calvicie se hizo permanente. En realidad, siguió creciéndome pelo, pero solo en las mejillas. También aumentó la panza, la cantidad de libros leídos, las anécdotas e infinitas tardes de resúmenes manuscritos, galletitas y mate.
Ahora sí, me voy a casa, tengo un compromiso con mi familia y con un médico que anda sensible. Cumple sesenta años y se la pasa escribiendo memorias de su juventud a modo de catarsis. Mejor no. No puede terminar así.
Hoy miro a la distancia y veo a aquel pibe enojado por sus fracasos y por no lograr aprender unas cuantas enfermedades raras que de viejo tampoco recordará. Al contemplarlo me enorgullece saber que, ya maduro, mantiene sus amistades y que a su lado está la misma princesa (más arrugada y más hermosa). Si pudiera hablarle a ese asustado estudiante le diría que afortunadamente siempre será más terco y soñador que inteligente, que no desespere. Le haría saber que, aunque aun no lo note tiene un hueco en su pared donde un papelucho encuadrado dirá en el futuro que ya es médico.
Desde mi presente, y con las llaves ya en el bolsillo, también sé que a ese muchacho cuando crezca le seguirá importando más el hacer sonreír a una anciana desdentada que lo trascendente del empujón que pueda pegarle un ansioso y violento borracho de la sala de espera. Se que me cuestioné alguna vez la carrera y que no dormí tanto como otros pero todo pierde importancia cuando hoy comparo aquellos enojos con que la vida me siga regalando un montón de ¨ Gracias Doctor ¨.
Notas
1. Laringoscopio: Instrumento utilizado para examinar la laringe y proceder a la intubación de la tráquea.
2. A.M.B.U.: Acrónimo de airway mask bag unit, dispositivo de asistencia respiratoria manual portátil.
3. Perro: Practicante más novato y último en formar parte del servicio de guardia.